Aprovechando la ocasión, quiero compartir con ustedes las palabras que hace meses le entregué a mi mayor cómplice en esta aventura llamada vida, José Balam Alvarado Reyes, porque me sentí madre desde que nuestros ojos vieron esa prueba positiva y porque no me pesa, al contrario, en ese momento era tan liviano que me costaba mucho comprender su existencia. Nunca creí ser capaz de llevar algo así adherido a mis entrañas, alimentándolo de mis costillas y saciando su sed con mi sangre, contaba los días que me faltaban para sentir sus movimientos, para tocar mi vientre inflado y adivinar si debajo de mi piel tendría una piernita o un codito. Me hace llorar porque aunque apareció hace apenas unos meses ya nada es igual, ahora es mi meta, mi gran logro, quisiera ya saber el color de sus ojos, el de su pelo, que seguro será rizado y rebelde. Lo veía ya desde entonces en mis sueños tan diminuto como una lenteja pero palpitante. Se ha ido desarrollando durante mis horas de sueño, de silencio, de llanto, imaginar que es capaz de oir mi voz, mis rios e intestinos, se apoya en mis pozos y aprieta mis pulmones. No necesito más para entender lo fantástico de su existencia, es complemento de mis células, origen, causa y efecto, la reunión de todas mis filosofías, mi parte pura, la única verdad, por qué no habría de estar dispuesta a dar mi vida por él? si ya desde ahora me he dedicado a quererlo a imagiarlo en un mundo maravilloso. Quisiera estar siempre a su lado, tomar su mano pero dejarlo ir, acompañarlo en silencio, durante sus llantos, risas, días lluviosos y soleados. Quiero estar tan viva para él, pero tornarme invisible cuando sean suyos los momentos, quiero guiarlo ya por los buenos caminos. Porque sólamente lo tomaré prestado por un rato. Cubriré las necesidades que tenga y creceré ante sus éxitos y me haré chiquita cuando lo vea sufrir. No soy mejor que nadie pero quiero lo mejor para él. Me pertenecerá mientras así lo decida, me pertenecerá hasta que tenga alas, me pertenecerá durante mi juventud. Entonces... cuando caigan las hojas de los árboles y mi rostro se cubra de atardeceres, mi cabello nacerá más blanco que una ostia y mis brazos flacos que alguna vez le sostuvieron con dureza serán como una gelatina sin cuajar. Pero comprenderé el hermoso aprendizaje del tiempo al ver el hombre en que se convertirá, siendo fuerte para caminar sin mi ayuda, para correr sin mi empuje, porque cuando eso pase, este hijo nuestro, se llevará mis manos, mi respiración y todas mis leyendas, nisiquiera serán necesarios mis insomnios para que lo vele, ni mis ojos para que lo vean, incluso la fuerza de mi columna, mi voluntad, mis sueños y mis fantasías todo lo que se pueda llevar de mi se lo daré, sobre todo mi pequeño amor y por siempre esa bendición que le regalaste sin querer y aún sin saber que ya desde ese día existía. CON NADA DEL MUNDO PODRÉ PAGARTE EL HABERME DADO LA DICHA DE SER MAMÁ
¡¡¡TE AMAMOS!!!
JAKY SANZ

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